Curioso, este mundo del acogimiento. La labor de la familia es actuar como padres, sin serlo. Acompañas, crías, cuidas, guías… pero no eres “el padre o la madre”. Eres, como decía Barudy, “un padre o madre social”. Una figura esencial y a la vez invisible, que no encaja en ninguna categoría, pero sin la cual el engranaje no funciona. Y, sin embargo, hace que tengas la oportunidad de dar y recibir, de implicarte sin ser dueño, de construir vínculos que nacen desde el compromiso y no desde el apellido.
Y eso implica un amor, que educa… y que suelta.
Curioso también que sea temporal, aunque a veces dure años. Que te digan “es algo provisional”, cuando en la práctica ese menor acaba de hacer contigo media primaria, su primera adolescencia, o su primer “te quiero”. Es una permanencia con fecha de caducidad borrosa. ¿Cómo se gestiona eso? Y lo más paradójico: tienes la oportunidad de ayudar a otras familias, no solo a los niños y niñas. Porque también, a veces, se acoge a la familia de origen no para salvarla, sino para acompañarla y apoyarla desde una mirada digna y sin superioridad.
Es un contrato emocional sin garantías, pero lleno de propósito.
Curioso querer sin apegarte. Sentir sin retener. Amar sabiendo que ese amor debe ser entregado con desapego. Pero nadie te enseña a hacerlo. Porque el desapego también rompe valores, estructuras, convicciones. ¿Quién enseña a cuidar sin poseer? Y, aun así, ese reto se convierte en un camino de desarrollo y transformación personal. En una manera de entender el amor desde la libertad, no desde la posesión.
¿Cómo se aprende a querer… sabiendo que hay que dejar ir?
Curioso que se te forme y exija ser terapéuticos, sin antes aprender a criar a ese niño o niña en concreto. Que te pidan presencia emocional, mentalización, contención, habilidades comunicativas y regulación afectiva… pero sin haber experimentado primero el estar con el/ niño/a. El conocimiento es poder, pero el conocimiento sin acción es como tener una linterna sin encenderla en medio de la oscuridad. Porque antes que lo terapéutico, va lo humano. Porque antes de “saber tratar traumas”, hay que saber tratar a un niño o una niña. Y eso te enfrenta a una oportunidad de cuestionar tus propias creencias, tu estilo de vida, tus ideas sobre lo que es ser familia.
La crianza consciente, adaptabilidad y flexibilidad es la raíz de toda reparación.
Curioso que se espere amor incondicional en un sistema lleno de condiciones y de cláusulas administrativas. Que se juzgue a las familias por cómo gestionan el dolor de otros, sin contemplar el suyo. Que se valore su desempeño como si existiera un manual de crianza para niños con historias rotas o en curso, heridas abiertas y vínculos interrumpidos. Sin embargo, es también una oportunidad para desarrollar la resiliencia familiar, para crecer en medio de la incertidumbre y la complejidad, que es la vida misma.
Porque hasta el amor necesita un marco para sostenerse.
Curioso que a veces se critique más al acogente que al sistema. Que haya más lupa sobre sus decisiones cotidianas que sobre las carencias estructurales. Que se les pida que nunca fallen, cuando lo que hacen es precisamente ponerse donde otros no han podido estar. Y ahí está el valor: es una oportunidad para desarrollar una mirada apreciativa por parte de todos los miembros del sistema. De dejar de señalar y empezar a valorar.
Y olvidamos que educar no es seguir un guión, es escribir uno nuevo cada día.
Curioso que muchas veces pidamos buen trato hacia los niños/as y no lo practiquemos entre los adultos. Que se olviden las palabras amables y los gestos de respeto entre quienes comparten un objetivo común. Y sin embargo, es una oportunidad para entrenar en responsabilidad y comunicación, para crecer también en los pasillos, en las reuniones, en los correos.
Porque nuestro desarrollo está en evitar juicios y disfrutar de lo que hacemos.
Curioso que, a pesar de todo, haya familias que lo hacen. Que lo intentan. Que siguen. Que se levantan cada día con la intención de acompañar a alguien que no es suyo, pero que sienten como parte de su vida. Que entienden que el acogimiento no solo transforma a al niño/a, sino también a quienes acogen. Es una oportunidad de desarrollar el propósito de vida y dejar un legado, sin necesidad de ego ni protagonismo.
Personas que, sabiendo lo difícil, siguen diciendo “sí”.
Curioso que, muchas veces, quien más gana con el acogimiento no es el niño/a. Es la familia. Porque ellos/as mejoran, sí, pero la familia crece. Aprende a mirar distinto. A vivir con otra perspectiva. A soltar el juicio, abrazar la diferencia y educar desde la reparación. Es una oportunidad de crear cultura de acogimiento y una sociedad con mayores lazos de unión y conciencia colectiva.
Y al final, quien acoge también es acogido.
Curioso que este proceso choque con nuestras creencias. Con nuestra idea de familia, de pertenencia, de identidad. Y que, aun así, nos revele lo mejor de nosotros mismos. Oportunidad de mostrar nuestra mejor versión y mejorar desde nuestras fortalezas y posibilidades de mejora, incluso cuando esa versión, mirando al futuro, esté llena de dudas y miedos.
Pero crecer también es cuestionar lo que siempre diste por cierto.
Curioso que este proyecto, que parece tan complejo y contradictorio, sea lo más humano que puede ofrecerse, en un sistema en el que a veces se prime la burocracia administrativa. Porque ser familia acogente es también aceptar que no lo tienes todo claro, pero aun así decides estar. Y eso es profundamente valioso.
Porque el acogimiento no es solo dar: es descubrirte a ti mismo a través del otro.
Curioso que deba de existir. Porque debemos trabajar para que existiera lo menos posible, focalizando en la prevención. Pero mientras exista, es una oportunidad para crear aprendizajes desde los errores que cometemos como técnicos, administración y sociedad. Porque solo así podremos construir algo mejor.
Porque el acogimiento no es una respuesta perfecta. No lo es. Pero es una respuesta posible. Y dentro de todo lo posible que puede ofrecer una sociedad, es una de las más valientes. De poder dar valor a lo que haces en tu vida y de crecer con consciencia junto a los y las menores.
Y sin embargo…
A pesar de lo complejo, seguimos creyendo en esto. Porque las familias acogentes son el puente. Porque hay niños/as y familias que necesitan ese puente. Porque hay adultos dispuestos a cruzarlo, aun sabiendo que al otro lado puede haber despedidas. Porque al fin y al cabo, no solo estamos acogiendo a un/a niño/a, también estamos acogiendo una manera de vivir que nos transforma. De “pobrecito niño” a “cómo hemos crecido como familia al mirar con los ojos abiertos”. ¿Quién ayuda a quién?
El acogimiento es contradictorio, sí. Pero también es coherente con algo más profundo: el deseo de que ningún/a niño/a crezca solo/a, de tener una sociedad más plena y consciente. Y eso, ya lo sabemos tú y yo, lo cambia todo.
«No hay mayor acto de amor que dar sin poseer, cuidar sin retener y construir sin esperar aplausos.»
Gracias a tod@s
FRANCISCO FIGUEROA



